Sabemos que las contradicciones entre ciencia y fe no son reales. Sólo son debidas, por un lado, a una interpretación equivocada del lenguaje bi-blico y, por otro lado, a la falta de información científica seria de muchos vulgarizadores seudo-científicos, que pretenden sacar conclusiones definitivas en una materia en que los auténticos inves-tigadores, fieles al rigor del método científico, se muestran mucho más prudentes.