No cabe duda de que existe una terminología internacional. Me refiero al idioma de los organismos vinculados a las Naciones Unidas.
A pesar de la falta de uniformidad en su empleo —aunque hay cierta tendencia a lograrla— es cada vez más necesario conocer y comprender este idioma a fin de participar más eficazmente en los numerosos aspectos de la labor de dichos organismos y, en un sentido más am-plio, en muchas actividades de la vida nacional moderna.