Miré a las dos exactas caras sin rostro, sin creerlo. Yn no era el tipo de persona a quien individuos con máscaras de goma, le visitan con malas intenciones a las doce menos veinte de la noche. Tenía treinta y cuatro años de edad, serio hombre de negocios que poco a poco iba poniendo al día los libros de contabilidad de las cuadras de mi padre
en Newmarket.