Desde los remotos tiempos de la Horda de Oro, los kanatos tártaros y mongoles y la formación de los ducados de Kiev y de Moscú, sucesivamente hegemónicos, hasta la revolución bolchevique (e incluso luego de ella), Rusia se caracterizó por alternar largos períodos de anarquía con otros en los que una personalidad excepcional se hacía con el poder absoluto y modificaba el curso de la historia.